La improvisación tiene mala reputación corporativa. Mencionarla frente a un comité ejecutivo suele provocar miradas incómodas, como si acabaras de aceptar que planeas liderar la empresa tirando dados.

Durante años se nos enseñó que improvisar es operar sin brújula, reaccionar sin pensar y resolver, lo que debió anticiparse. Esa narrativa ignora que los mercados actuales no respetan cronogramas ni planes estratégicos perfectos.

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