Hay una pregunta que nadie está haciendo en voz alta todavía: ¿el streaming ganó la guerra contra la televisión tradicional o terminó convirtiéndose en ella?
Durante una década, la promesa del streaming fue simple y poderosa. Sin horarios, sin intermediarios, sin comerciales. Se pagaba por una mensualidad razonable y el contenido era tuyo. El enemigo declarado era el cable: caro, inflexible y plagado de que nadie pidió. Esa narrativa funcionó tan bien que destruyó un modelo de negocio centenario en menos de 10 años.