Durante años, la conversación sobre migración a Estados Unidos se ha sostenido sobre una premisa que parece lógica, pero que en realidad simplifica en exceso un sistema mucho más complejo: sin una oferta laboral, no hay camino.

Esta idea ha permeado tanto el discurso público como la percepción profesional en México, instalando la noción de que el acceso a oportunidades internacionales depende, casi exclusivamente, de conseguir un empleo desde el país de origen.

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