Entramos en la recta final de un Mundial que ya es, por su intensidad, drama y vivencias, uno de los mejores eventos de la historia reciente. Cuarenta y ocho selecciones, una fase nueva y semanas de puro sufrir, gritar y, a veces, gozar. Una de las grandes preguntas era si la expansión diluiría la competencia. La respuesta, a estas alturas, es clara: no se diluyó. Se exponenció. Este no fue un solo torneo. Fueron cuatro en uno, cada uno con su propia lógica y exigencia. La fase de grupos fue una fiesta en el sentido más pleno: una celebración desde la inclusión. Debutantes como Cabo Verde hicieron historia; voces como la de Vozinha se volvieron globales. Hubo goleadas, hat-tricks de Messi y el hito de Ronaldo marcando en seis ediciones distintas. No fue la fase más exigente, pero puso a conversar al planeta entero. Ahí radica la mejor defensa de la expansión: si un Mundial de 64 permitiera que naciones como China o India entraran a ese diálogo global, la fiesta no se empobrecería; se volvería, de verdad, mundial. Vino después la ronda de 32: el territorio de la incógnita. La que puso a prueba a expertos y pronosticadores. El golazo de Lopes Cabral que casi manda a Cabo Verde a penales ante Argentina. Paraguay eliminando a Alemania; Marruecos a Países Bajos en penales. Nada estaba escrito. En octavos el tono cambió: la contundencia desplazó a la épica. Noruega eliminó a Brasil, México cayó ante Inglaterra en un partidazo en el Azteca. Fue la fase en que el que fallaba, se iba. A partir de Cuartos , el Mundial cambió de tono. El torneo se volvió una Eurocopa con dos invitados y, poco después, una Champions con banderas. De los 88 titulares en cuartos, apenas dos jugaban fuera de Europa. La bandera era del mundo; la técnica, europea. Vista así, la discusión sobre expandir a 64 cambia de naturaleza. Quienes se oponen podrían tener razón en que más equipos abaraten la clasificación. Ese argumento tendría peso si el Mundial fuera una sola cosa. Pero no lo es: es una fiesta que se vuelve drama, que se convierte en Eurocopa y que termina en Champions. Expandir alarga la parte inclusiva sin tocar la excelencia ni la emoción. Este Mundial también dejó preguntas que van más allá del marcador. Reflexionaba en redes que valía la pena buscar distintos equilibrios para nuevas ediciones. El VAR anuló goles retrocediendo a faltas lejanas en tiempo y espacio, y ahí asoman temas torales y muy desarrollados del derecho. El primero: causa causae est causa causati, la causa de la causa es causa de lo causado. Suena impecable, pero tiene límites explorados. El propio derecho aprendió a ponerle freno: sin límite, todo es causa de todo, y habría que revisar si el volado usó una moneda balanceada. Por eso la doctrina se detiene en la causa próxima. El VAR, en cambio, persigue el hilo hacia atrás como si nunca tuviera que cortarse. La segunda advertencia es aún más de fondo: post hoc ergo propter hoc, el error de suponer que porque algo ocurrió después de otra cosa, ocurrió por ella. Entre la falta de origen y el gol median contactos: pasó por los pies de Hassan y luego llegó a Salah, quien filtró un gran pase profundo a Ziko para anotar. Todos fueron eslabones que pudieron variarlo todo. Quizá el gol no nació de aquella falta remota, sino de haber prevalecido en la jugada inmediata anterior. Dar por hecho que la falta causó el gol es confundir sucesión con causa. La segunda paradoja es más antigua: la pena que trasciende al infractor. Una expulsión la termina pagando todo un equipo, una afición, casi un país. En 1998, Zidane fue expulsado en fase de grupos y su ausencia dejó a Francia al borde de caer ante Paraguay, salvada apenas por un gol de oro. La falta fue de uno; el costo, de una afición. Esta regla no es de derecho divino, no existe desde el principio. Las tarjetas nacieron apenas en 1970 y la propia FIFA reformó en 2026 el castigo por acumulación. Lo hizo admitiendo que el diseño era injusto, aunque se quedó a medias. Incluso, en México, como en la mayoría de los países democráticos, las penas trascendentales están proscritas constitucionalmente. No pido un futbol sin reglas ni sin tecnología. Pido que pensemos en que, para muchos, Shankly tenía razón. Hay quienes creen que ciertos temas son de vida o muerte; el futbol, decía, es aún más importante. Frente a ello, algunas de sus normas chocan de frente con nociones de justicia que en cualquier otro ámbito nos parecerían inaceptables. El futbol se toma licencias que el derecho jamás permitiría, sin perjuicio de que, como en todo deporte, existen reglas escritas que para efectos prácticos buscan normar que el juego sea justo, competitivo, balanceado y equitativo. Por encima de formatos y reglamentos queda, sin embargo, lo esencial. El Mundial es una de las pocas ocasiones en que la humanidad se detiene para pensarse. Millones hacemos una pausa y empezamos a hacer magia y encantamientos como si fuéramos parte del mundo de Hogwarts y Harry Potter: los noruegos reman en las gradas (y en todas partes) como vikingos, los mexicanos armamos la ola, los marroquíes corean al unísono, los japoneses se quedan a recoger la basura del estadio. Cada afición aporta su rito, y en el conjunto de esos ritos el mundo se reconoce diverso y, a la vez, uno. Como esa palabra cheroqui, currahee, que quiere decir nos sostenemos solos, pero juntos. Entre todo ello, México brilló. Fuimos el anfitrión de quien todos hablaron y la selección a la que muchos otros países apoyaron. La primera consecuencia del Mundial: México invitado a Wembley. Hay en todo esto un elemento de pensamiento mágico: la convicción de que nuestro canto, nuestro remo o nuestro silencio influye en lo que pasa en el campo. Esa es la verdadera magia, una ilusión que nos convierte en actores y no solo en espectadores. Hay algo más: en el fervor de sentir a nuestras selecciones, cada nación se reconoce a sí misma capaz de permanecer unida, reconoce sus símbolos culturales y redescubre una identidad única y sólida, que la distingue en el mundo. Por unas semanas somos aficionados de un país y parte de un diálogo global. Lo hacemos casi sin darnos cuenta: las sociedades se reencuentran con fraternidad ante una política que empuja al divisionismo, la polarización y el recelo. El Mundial nos devuelve, por un rato, una experiencia rara: pertenecer a lo propio y a lo común sin contradicción. Por eso vale la pena atreverse a dar el siguiente paso. Vamos por 64. Con inclusión inteligente y con pensamiento mágico: participar en un solo diálogo bajo principios de unidad, excelencia personal, esperanza y optimismo nos puede llevar a un mejor lugar para enfrentar los enormes retos que tenemos. El mundo está en convulsión, y el Mundial ofreció pistas para mejorar nuestra convivencia.

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